La delincuencia, desde sus primeros registros históricos, ha requerido de un elemento ineludible: el anonimato. La falta de vigilancia, la noche, un bigote falso o, más tarde, un pasamontañas y una capucha. Sin embargo, los avances digitales y la sistematización de las operaciones financieras les dieron a los delincuentes una posibilidad inédita: actuar completamente invisibles. Es así como los delitos de fraude y estafa cometidos mediante dispositivos digitales y plataformas online…